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25 de noviembre de 2013

Regalarle otro te quiero, un lo siento o un adiós antes de recibir esa llamada que lo cambió todo. Una de esas que suenan a chiste sin gracia, bueno, más bien, a broma de mal gusto. No puedes creerlo, no quieres. Ahora ni siquiera duele. Pero deja que pase un rato. Sí, de esos que parecen un suspiro, donde todo se congela y el tiempo se esfuma rápido. Entonces cuando menos te los esperas los recuerdos te golpean. Cuando os conocisteis, las tardes de cine en casa rodeados de caricias, las noches en vela, los dibujos en la arena y todas esas fotos de las que tú te quejabas, pero que a él le volvían loco. El sonido de su risa, que ya quisiera Mozart tenerla en su sonata. La curvatura de su cuello, toda una obra de arte. Esos ojos. Verdes, azules, marrones, qué sé yo, si cada vez que le miraba acababa perdida en ellos. La forma de sus labios, sus manos, sus brazos, su pelo. En conjunto, la octava maravilla. Su carácter. Como un gatito disfrazado de león. Más fuerte que todo Marvel. Y es que cómo no echar de menos algo así.
Quieres cruzar esa puerta. Salir corriendo al hospital. Confirmar que no fue una pesadilla. Pero no puedes. Está demasiado lejos. Ahí empiezas a creerlo. Lloras. Gritas. Gritas sin que nadie pueda oírte, no te sale la voz. Todo ha acabado. Esa mirada no va a volver a brillar.